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El otro día me paré en la calle, en medio del bullicio del mercado. Mis ojos estaban llenos de lágrimas y le pedí un consejo al pollero que siempre nos saluda en la mañana. No sé por qué lo hice, supongo que estaba un poco desesperada.  Al final de contarle mi secreto, se enojó y me dijo: “señorita, no llore, demuestre que es una mujer hecha y derecha”, ¡¿pero qué chingados significa eso?! Ese mismo día pedí consejo a un taxista y me dijo que parara de mamar, con palabras más amables, pero con la misma idea. En mi cabeza siempre están las reglas del feminismo: ser una mujer fuerte, independiente, que carga su pinche garrafón solita, pero la vida real a veces choca con estas reglas y nos enfrentamos a la realidad, donde la teoría no abarca el mundo de las emociones.

¿Dónde me dice el feminismo qué hacer con el pequeño lago de emociones que llevo dentro de mí? La teoría queda muy lejos de las situaciones que vivimos día a día, sobre todo aquellas que se encuentran más allá del lenguaje, como el amor. Nadie ha hecho un libro, un ensayo o una tesis sobre qué hacer con las emociones en la vida real, podremos decir “no, pues empodérate” o “no, pues no vale la pena sentir algo en esta situación”, pero nada de eso funciona. Siento un dolor dentro de mí que se expande como un huracán a punto de tocar la costa.  Cada día crece y yo pienso que no debería sentir ese dolor. La teoría dice que seamos fuertes pero en la realidad todo es tan frágil que duele. La vida real es más que eso porque no tenemos control de nada, todo es caótico y delirante.

En el taxi escuché a una mujer hablar en la radio, ella decía que no debemos tener amigos que estén tristes, que son tóxicos y que BYE FELICIA. Le dije “vamos a estar bien, vamos a hacerlo bien esta vez”, ella me dijo que le hubiera gustado saber antes. La teoría dice que uno regresa siete veces. La gente dice que la tercera es la vencida. ¿Pero qué buscamos en el otro para reflejarlo en nosotros mismos? 

A mí nadie me advirtió que en las aventuras se pierden cosas, nos raspamos las rodillas, lloramos porque a veces nos tiene que sangrar la carita, perdemos miembros del cuerpo: una mano fue comida por un cocodrilo, un pecho quedó vacío cuando presenció la muerte de un colibrí, un pie fue mordido por una serpiente. A mí me advirtieron que el amor también se construye de silencios, de aquello que nunca se dice y que eso mismo puede ser lo que destruya lo que se construyó en menos de lo que se tarda una sopita instantánea en estar lista para taparte los intestinos.

Nadie nos dice qué hacer. Platiqué con María y me dijo que era una historia de agencia, yo le dije que necesitaba que esto fuera bajo mis reglas y condiciones. Nadie nos dice que un día el silencio crece y el mundo deja de moverse. A lo lejos se escucha el crujido de nuestras costillas, queremos llorar como niños pequeños pero no podemos, dentro se siente un vacío que crece, un dolor constante como si hubiera un panal de abejas dentro de ti y éste no tuviera una reina.

Quiero que sepan que se puede vivir después de la catástrofe emocional, que nada nos detiene más que la duda. Que el perdonar sana, que sanar es un proceso de diálogo con el otro y con nosotros mismos y que aunque sí tenemos las rodillas raspadas y la nariz medio rota: todo ha valido la pena. 

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