Un día normal en #BienChicles
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Un día normal en #BienChicles

 

Nury se ha ido a trabajar a la Merced, da clases para niños desde hace unos meses. En la colonia del Valle se ha vuelto a registrar un secuestro. Roban bebés a pesar del evidente bullicio y escándalo que emerge en sus calles.

Los parques sirven para aparentar un día normal en la vida de un hombre de apenas cuarenta años; siempre lleva consigo un cochecito para bebé mientras pasea a sus perros. Sus métodos para pasar desapercibido son más eficaces como para hacerse pasar por maestro de pintura.

A las diez con quince minutos, el bullicio desaparece. Los meseros de los comercios divagan entre los cafés y helados de la calle Tlacoquemécatl.  Un cochecito lleva a un nuevo bebé al departamento número ocho del edificio rojo de Avenida Coyoacán.

El hombre, – llamémoslo Adrián – desnuda al bebé de apenas un mes. Le ha quitado el pañal lleno de porquería, se hace presente ese sentimiento de abandono por parte de sus padres. Le limpia el cuerpo con un aceite de fragancia. El bebé ríe, abre los ojos asombrándose quizá por un rostro nuevo, no tiene miedo ¿cómo tenerlo si apenas conoce la vida? ¿quién podría arrebatársela?

Se queda desnudo frente a una ventana. Comienza a llorar, el timbre del espanto ante la intemperie. El pulmón más fuerte desde su alumbramiento. Adrián saca del baño una motosierra. Sangre salpicada de tristeza sobre las ventanas llegan a encharcar el suelo y después las flores de la planta baja del edificio. Alimenta a sus perros con carne húmeda de inocencia.

En la oficina, Quetza sigue esperando que le mande la última semana de trabajo para ponerse en marcha con su tableta y su pluma. Alejandra mira por la ventana a una ardilla traer un hueso de carne en la boca. Yo sigo esperando que llegue Nury y me envié las fotos de la nueva sesión que hicimos en el restaurante.

Mientras nos quejamos del segador de césped que escuchamos a ésta misma hora, un bebé en el piso de arriba empieza a llorar.

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