El día que Marilyn Monroe visitó México
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El día que Marilyn Monroe visitó México

 

by Alexa Legorreta

Hoy no tengo ninguna preocupación,

hoy respiro aire libre

al aire libre,

hoy no sufro por el amor de nadie

ni recuerdo a la niña humillada que fui,

hoy soy feliz,

hoy quisiera estar muerta.

Marilyn Monroe

 

 

 

No hay dolor más honesto que este: Soy una gran actriz.

¡Sí! Actúo a que no me duele la vida. Los años que he resistido sonrío para que no se note el llanto de la noche anterior. Ardo hasta la madrugada, pensando y replanteándome. Exorcizando fantasmas y mis propios demonios. Salvándome todos los días, rescatando lo bueno que tengo de a poco. Guardando mi corazón en una fortaleza y hacerme fuerte. Tan fuerte que me he convertido en una persona resiliente. Soy una persona solitaria. Llena de rabia y desencanto. Con miedo al vacío existencial. Con ganas de abrazar sin sentir terror al engaño. Una gran actriz puliéndose entre el caos de la city. Interpretando un personaje al que odio y amo al terminar el día.

Así fue ella también.

Marilyn Monroe es una figura emblemática no tanto en la historia del cine, sino también lo es en mi vida. Ante la cámara: una diosa, símbolo sexual, sonriente, coqueta, un objeto, nada más. Pero muy pocos la conocieron como realmente fue: Tan frágil, tan infantil, triste, solitaria, toda mocos y llanto. Esperando un abrazo honesto, una caricia honesta, un beso verdadero – la fuerza más poderosa del mundo – dicen.

Siempre he sentido esta extraña conexión con ella. Ya saben que mi padre tenía 17 años cuando la encontraron muerta, que mi padre cumple años un día después que ella. Mi padre nació en Coahuila al igual que la madre de Marilyn, y sí, ella tiene una conexión con México también.

Fue seis meses antes de su muerte cuando visitó la Ciudad de México, el 20 de febrero de 1962 para hacer shopping  en mueblerías y decorar su casa en California. El 22 de febrero visitó sorpresivamente “El Taquito”, uno de los primeros restaurantes taurinos de la ciudad; localizado a unas cuadras del barrio de Tepito. Ahí comió tacos y probó la sopa de médula. Le tocaron mariachis y bebió tequila.

También conoció el set de “El ángel exterminador” donde platicó con Luis Buñuel y posiblemente vio de reojo a una tal Silvia Pinal. Ahí se topó con Gabriel Figueroa, un fotógrafo cuyo compadre era nada más que Emilio “El Indio” Fernández quien la invitó a una improvisada fiesta en su mansión del callejón Dulce Olivia en Coyoacán. Él le regaló dos muebles de caoba, aquellos que la acompañaron en su habitación hasta el día de su muerte.

Marilyn Monroe se hospedaba en el Hotel Continental Hilton de Paseo de la Reforma, ahora ya extinto. Ahí ofreció una rueda de prensa en donde le preguntaron si se enamoraría de un actor mexicano, a lo que ella contestó: ¿Y por qué actor? Con un mexicano basta.

Compró artesanías en las pirámides de Teotihuacán, pero su más emblemática compra fue un suéter bordado en Chiconcuac, Estado de México, por el que pagó 130 pesos y subastaron a 160 mil dólares después de su muerte.

Conoció a José Bolaños, un joven mexicano con raíces españolas de 25 años que aspiraba a director de cine. Fue su idilio de diez días en la ciudad. Con él tomaba vino hasta el amanecer y se lo llevó a la entrega de su tercer Globo de Oro en Hollywood. Posiblemente era el amor mexicano que buscaba. Marilyn fue embajadora de turismo en México después de su visita, y estaba claro, que si la mujer más famosa del universo venía a tierras aztecas es porque tenía algo y todos querían saber qué era. ¿Verdad, Kennedy?

Tenía el mundo a sus pies, pero se la pasaba ahogada en alcohol y llanto. Su sueño era ser una fabulosa actriz, no un símbolo sexual. Y sí, lo fue. Fue una gran actriz, actuaba a que no le dolía la vida, el desamor, la muerte constante de los hijos que no nacieron, el sutil maltrato psicológico de las cartas de Arthur Miller.

Hoy cumpliría 91 años aquella mujer que le sonrió a los mexicanos en un febrero como cualquier otro, pero un febrero memorable. Aquella mujer que le dio varias vueltas a la rotonda del Ángel de la Independencia, que buscaba en Lomas de Chapultepec mueblerías o que se atrevió a vivir la vida nocturna de aquellos tiempos. Ella, que no entendía el piropo mexicano, pero se reía como una niña inocente y con esa sonrisa iluminaba más que el Palacio de Bellas Artes y la calzada de los muertos en Teotihuacán. Porque ella era joven, era oscura y sin embargo, por cualquier sitio que pasara lo dejaba lleno de luz.

Hoy cumpliría 91 años aquella mujer que ha marcado mi vida por nuestra similitud con la soledad y el desencanto. Agradezco tanto vivir en esta ciudad del caos que ella conoció. Agradezco pisar cada avenida y recorrer las calles con ese recuerdo a febrero del 62.

Sí, mi dolor más grande es este: Soy una gran actriz. Y me atrevo a confesar que yo le cantaré un Happy Birthday desde “El taquito” este día. Me voy a aventurar a meterme en aquella visita, a revivirla aunque no sepa que mi llanto le pertenece. Tocaré esas paredes que la cautivaron, sentiré ese aroma que ella sintió. El México de antes, el México de Marilyn Monroe.

 

 

 

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