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Nov 13, 2018

I told her don’t get scared

written by María González
in category conversar

Nunca me han gustado los teléfonos, casi siempre dan malas noticias.

Adiós Marineros, Adiós Monstruos del Mar

Cuando el abuelo murió, todo el pueblo se puso triste pero nadie supo por qué. Las panaderías abrieron tarde y en la madrugada llovió como pasa siempre en el verano de esta ciudad. Mi padre estaba en la sala de espera del hospital y mi tía junto a la cama del abuelo para, sin saber, verlo morir. El acta de defunción dice algo muy específico sobre su muerte. Yo sólo entiendo que ya no pudo respirar, que el aire ya no logró llegar a sus pulmones, que ya no pudo hablar. Se le acabaron las palabras, pero también los sonidos y los gritos. Así murió el abuelo: con la garganta y los pulmones obstruidos, con las palabras ahogadas.

Desperté alrededor de las 8 de la mañana por el sonido del teléfono fijo de la casa, era mi padre, la puerta estaba cerrada, no pudo entrar. Salí a abrirle, me dio gusto verlo, saber que ya estaba en casa.

-¿Quién se quedó con el abuelo?

– Nadie, se acabó

-¿Se acabó qué?

– Se acabó, se murió

– ¿Cómo?

Así, como es la muerte, en ausencia, en frío, en incertidumbre, mi papá dijo que se acabó y tuvo razón. Así es la muerte. Se acabó el abuelo y sus risas y sus regaños y el pan por las noches y los domingos de barbacoa y sus ojos grises y sus manos frías y su chocolate caliente y sus crocs enormes y su agujeta para amarrarse el pants que se le caía. Sí, se acabó.

Abracé a mi padre, pero él no quería abrazos, en ese momento vi sus ojos enrojecer. Guardó silencio y lo solté.

Fuimos a buscar flores para el abuelo. No sé qué flores le gustaban, hay tantas cosas que no supe de él. Supongo que eso es lo que te da la muerte: la imposibilidad, la real, la que cala hasta los huesos porque está más allá de tu piel. No voy a escuchar a mi abuelo nunca decirme cuáles eran sus flores favoritas, pero igual compramos una cruz de un metro de altura con crisantemos blancos; es la costumbre.

Hay un puesto en el mercado de Jamaica, no vende flores y está junto a la cruz de un metro del abuelo. Ahí suena Long Cool Woman in a Black Dress de The Hollies, and I told her don’t get scared. La frase quedó como un mensaje secreto para mí, para la abuela y para las 8 hijas que se quedaron sin su papá.

 

No creo en esas cosas, pero igual ayudan cuando compras flores para el abuelo que se acaba de morir.

 

Un señor chaparrito me pregunta que qué mensaje queremos en la cruz. Me da una hoja tamaño carta con 20 propuestas distintas de mensajes de despedida: El hombre que luchó, Te amamos, Te recordaremos siempre, Q.E.D, Para mi querido padre, Para mi amada madre, todos en ese tono. Mierda, pensé, la familia no es muy expresiva. Póngale “Recuerdo de tus hijos”, le dije, “también de tus nietos”, agregué. El chaparrito me dio una cinta blanca con el mensaje y amarró la cruz del abuelo en el techo del coche.

Mi padre arrancó el coche y sonaba la radio:  Pedro Infante en Movimiento a través de 1120 de AM. Todas las canciones de Pedrito esa mañana eran de volar y de aves ¿cómo es posible que haya tantas canciones cantadas por el mismo señor que hablen de la misma cosa? Mismo señor que, dicho sea de paso, se murió en una avioneta. 🤔Por supuesto que sonaron Las Golondrinas, también El Volador, Doscientas Horas de Vuelo, El Gavilán Pollero, Paloma Déjame ir, Golondrina de Ojos Negros y otras tantas que Shazam no pudo encontrar. Vi, por primera vez, los ojitos de mi papá llorosos. Le corrieron un par de lágrimas al hombre grandote de hierro que tenía a un lado. Me dieron ganas de no ser yo la que estuviera ahí, quise que lo abrazara mi mamá, quise abrazarlo, quise decir algo, pero nada. No pude nada.

Una semana antes, el domingo, le di de comer al abuelo, y lo hice hablar. Me contó del almidón y la fábrica, de los costales grandes que se repartían cuando estaban listos, de la trituración y la limpieza. Le hice contarme de qué iba su trabajo, su vida en el rancho, cuando vivía en Mogotes, de los bailes, de si la abuela bailaba, del tiempo que vivió en la vecindad, de la música que le gustaba. Le puse en youtube esa escena famosa de Jorge Negrete y Pedro Infante en Dos Tipos de Cuidado y luego le llovieron mil preguntas más. Pobre, hice hablar al abuelo una cantidad de palabras que ya le costaba bastante pronunciar. A veces pienso que no debí hacerlo hablar, que si hubiera guardado sus palabras tal vez también habría guardado unos suspiros de vida. Yo sé que quiso contarme más, lo supe porque me miraba con mucha atención con sus ojos grandes grandes que tenían un marco bello de cejas muy pobladas y grises; pero ya no le dio la garganta. Le di chocolate al abuelo para que pudiera comer pastel. Recién había pasado algún cumpleaños y todavía nos estábamos comiendo el festejo.

 

En las familias grandes, la muerte y los nacimientos tienden a juntarse.

 

Velamos al abuelo en el velatorio del seguro social, metimos de contrabando tamales y chocolate. Comimos escondidos en la sala privada, un espacio chiquitito con un par de sillones, viejos pero suficientes para que duerman los parientes de los muertos. La primera noche fue Valeriano a dar misa para Santos. El mismo domingo que le di chocolate al abuelo, Valeriano fue a saludarlo, eran amigos de toda la vida, habían comido y echado tequilas juntos, porque los curas también toman aunque a una le hagan creer que no. El sacerdote habló de la sonrisa del abuelo, de su sentido del humor, de su cansancio y de su risa. A mí no me gusta mucho la gente de la iglesia, pero Valeriano era también amigo de la familia y cuando dijo que Santos había vivido todo lo que quiso, no tuve dudas, le creí, me tranquilicé y sonreí.

Los velorios tienen el poder raro de juntar a los vivos que a lo largo de los años han sido menos que muertos para la familia. Mi padre, que es algo así como mi abuelo pero más joven, no dejó de hablar con todas esas personas que no había visto en años. Llegaron las tías de las tías, las medias hermanas con sus hijos, los amigos de los hijos, los amigos de los nietos, los nietos de los amigos, los primos lejanos, los cercanos y otros parientes que probablemente no son parientes pero les gusta el ritual: vestirse de negro, llorar con la familia, tomar café, asomarse al ataúd, enterarse de qué murió, a qué hora fue, cuántos años tenía y, si es el caso, quién tuvo la culpa.

Desfiló mucha gente por la caja.

Yo no pude.

Se cumplieron las 24 horas reglamentarias de velación, llegaron otros señores chaparritos a cargar la caja. Tomé aliento de no sé dónde y fui, por primera vez en todo el velorio, a ver al abuelo antes de que me lo cerraran para siempre. Me junté ahí con mis otros primos y chillamos lo que se pudo chillar mientras nos carrereaban los de la carroza funeraria. Hicimos fila en los coches atrás de la carroza. Mi tío paró el tránsito con su moto para que todos pasáramos juntos. Bajamos las flores de los coches y acomodamos todo alrededor del hoyo que había listo para la caja del abuelo. Unos cuantos parientes y los dos únicos hijos hombres que tuvo el abuelo, cargaron la caja. Uno de ellos, mi padre, con sus zapatos de vestir sin calcetas, porque es necio como seguro es necio el diablo, si es que existe.

Con unas cuantas cuerdas de mecate debajo del ataúd, un par de señores del panteón  acomodan la caja y la echan al hoyo poquito a poquito para que no se vaya a voltear. Llega un señor con una bolsa de huesos, le dicen a alguien que son de esa tumba y  los echan a la caja de Santos, lo veo otra vez por unos cuantos segundos que me ponen muy ansiosa. Lloro poquito. Baja, no se voltea nada, aventamos flores a la caja, a la tierra, lloramos mucho, abrazo a mis tías, a mi prima, a mis primos, veo a mi papá, mi mamá lo tiene del brazo, trae los lentes puestos, seguro que también llora. La tierra cubre la caja del abuelo, cubre a mi abuelo, a su cuerpo. Se acabó.

Hay un silencio angustiante, nadie reza, ¡por qué no rezan!, el abuelo hubiera querido que rezaramos o que cantáramos alguna de esas cosas de iglesia. Mi tía habla para romper la incomodidad, da las gracias. No invita a nadie a ningún lado. Mi padre se queda 20 minutos hablando con un amigo de su juventud que hace mucho no veía, necesita hablar, mis tías dicen que cuando está nervioso habla mucho, habla más.

 

No nos cuesta trabajo dejar el panteón, lo que asfixia es estar ahí.

 

La tarde del entierro comimos pollo rostizado en la casa de los abuelos.

La tarde del entierro a mi papá se le abrió una herida, una pequeña en la planta del pie, una herida que sangra y se infecta.

Una que no puede cicatrizar todavía.

De las heridas que no se ven, no sé mucho.

Papá habla de todo, menos de sus heridas.

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