El Chapo: El antihéroe necesario
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El Chapo: El antihéroe necesario

 by Alexa Legorreta

 

Aunque las nubes se alejen

y mi piel siga en sequía

voy a llegar algún día

a destejer mi regreso. 

iLe – Vienen a verme

 

 

Fue en el 2010 cuando vi a mi primer muerto. Caminaba por el mismo estacionamiento: chillido de llantas, gente corriendo, gritos, estallidos de bala. Un hombre besando el piso, charco de sangre oscura. No supe qué hacer más que llorar mientras un chico me empujó hasta un puente, un puente con narcomantas. Después, era normal ver hombres desnudos colgados de esos puentes, era normal verles las tripas de fuera, era normal las fosas comunes, las sábanas metálicas de las decapitaciones, el río de sangre en las calles o escuchar el repicar de las balas, como fuegos de Patria artificiales. Me insensibilicé y eso me causó un vacío tan grande que solo pude llenar cuando migré a la Ciudad de México.

Muchos saben que por estos motivos no me gustan las series de narcos. No las apruebo. Empezando por el actor que se cree guapo, es algo así como “Basado en hechos reales pero con gente guapa”. No descalifico el trabajo de la producción.  Por ejemplo, Pablo Escobar: El patrón del mal tiene una excelente interpretación por parte de Andrés Parra. Pero ¿por qué ver como héroe al narco? ¿Por qué hacerse fan del terrorista? ¿Por qué sentir orgullo por un narcotraficante que mandó volar edificios y matar civiles inocentes?

Hace años escribí una obra de teatro sobre el narcotráfico en Colombia y me entrevisté con una víctima indirecta de Pablo Escobar: – Sí, él le puso casitas a los más pobres ¿pero a cuántos se las arrebató con las bombas? Sí, les dio trabajo a los niños de las calles ¿pero cuántos sicarios hay en Colombia? Míreme a mí, me voló las piernas.

Creo que la única serie de narcos que puedo aplaudir es Breaking Bad, porque incluso en su mundo de metanfetamina azul es una ficción el Odiseo que es héroe y antihéroe al mismo tiempo. Y además, está bien hecha.

En esta ocasión me voy a enfocar en El Chapo. Sí, sí, el narcotraficante mexicano, quien ya tiene alrededor de dos películas y tres series de televisión. Pero de la que quiero hablarles es de la co-producida por Netflix y Univisión, la cual me recomendaron más de tres personas en la semana.

Esta serie se estrenó en abril del 2017 y hace poco pudimos encontrarla en el catálogo de Netflix. Rodada Colombia, la primera temporada consta de 9 capítulos, con duración aproximada de 120 minutos cada uno. El protagonista es Marco de la O quien interpreta a El Chapo Guzmán, seguido de Humberto Busto en el papel de Conrado Sol, un personaje que, a mi punto de vista, está basado en el sistema del poder político-nacional y la ambición-corrupción dentro del mismo. Dolores Heredia, en el papel de una periodista que descubre las tranzas de la política y al actor colombiano Diego Vásquez en el papel de Ismael *Ya saben quién* También actúa Rodrigo Abed quien interpreta a Amado Carrillo y volvemos a ver a Mauricio Mejía como Pablo Escobar.

El primer capítulo empieza con la última captura de El Chapo, noticieros alrededor del mundo celebrando la victoria, El Chapo siendo evaluado, luces de cámaras. En ese momento, tiene un flashback que lo remite a los años 80 y la primera construcción de un túnel para pasar droga a los Estados Unidos. Ahí vemos cómo El Chapo no era nada más que alguien de bajo rango dentro del Cártel al mando de «Don Miguel Ángel». Pero El Chapo aspira a ser un duro, un “patrón”, porque dentro de los cárteles también existe una jerarquía. Y para eso, desobedece al suyo y se embarca hasta Medellín para hacer negocios con Pablo Escobar.

Lo demás, ya es historia. Vemos a un chapo convertirse en “Patrón”. Pero no solamente en esa narco cultura radica la ambición y el poder, sino también en la política. Dentro del partido político de cabecera desde hace 70 años y los hombres que lo conforman. Hombres que aspiran también por el título de “presidente” en esa jerarquía.

La fotografía de la serie es uno de los motivos por el cuál apantallarse, es una cosa tan bien hecha, con una continuidad de color y estética que te evoca lugares del pasado, lugares que, solo nos contaron nuestros padres o leímos en libros periodísticos mexicanos. Con una estructura narrativa que da miedo pues, realmente El Chapo cuenta la historia sin adornos, sin tapujos, sin pelos en la lengua. Todo es a tirabuzón. Como el capítulo de la familia de El Güero Palma. Cuenta además, cómo a sangre fría empieza una guerra dentro de ese mundo y cómo Joaquín es una simple carnada en Centroamérica para mover los hilos de la política mexicana.

En la mayoría de los capítulos tenemos una imagen repetitiva: Un auto clásico color crema en medio de un campo. El campo va floreciendo amapolas, de fondo se escucha a un viejo José Alfredo Jiménez cantando tercamente: Con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley.

Esta imagen casi poética la tenemos en el capítulo 9, cuando El Chapo, preso por primera vez en un terrorífico Almoloya de Juárez, recuerda cómo inició en ese mundo. Cuando solo cultivaba y recolectaba amapola y le pagaban unos cuántos dólares. Recuerda también, cómo tomó prestado ese auto del narco del pueblo y cómo se hizo de la confianza del mismo. Y ahí, en una fiesta, tomaba tequila, sonaba José Alfredo e hizo el amor con la más bonita dentro de ese auto.

El capítulo termina, con un hombre castigado pero firme, sentenciando esa canción: No tengo trono ni reina, ni nadie quien me comprenda, pero sigo siendo el rey.

A mí, este hombre me causa una emoción extraña, porque cuando leí cierto libro de una periodista mexicana, pensé Ojalá este señor nunca se me aparezca. Pero algo peor pasaba por mi cabeza: Ojalá no me toque conocer nunca a ninguno de estos políticos.

Para mí, es un antihéroe necesario. Un hombre de origen humilde que aspiró y soñó muy en grande en lo que era su único mundo. Que para ser querido tenía que tener poder, y para tener poder, tenía que hacer lo único. El Chapo cuenta la historia no solamente de un narcotraficante estratega, inteligente y poderoso, si no también, cuenta la historia de una especie de guerra fría durante 30 años, un gobierno, un país consumiéndose y quedándose en silencio. Una buena razón para verla, además de una producción exquisita que para nada es un cuento de hadas como otras series. Y puedo decirles, sin temor a equivocarme, que no hacen una apología del delito.

No. El narcotráfico no es bonito, vivir dentro de la ola de narcoviolencia y narcoterrorismo NO ESTÁ PADRE. NO ES EMOCIONANTE en ningún puto sentido, es mentira quien diga lo contrario. La victoria es pasajera.

Es cierto que quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Pero a México, a nuestro país, a este ex país en llamas, a nuestros gobernantes, a nuestros muertos, a nuestra gente les encanta repetir y repetir y repetir…

y repetir.

 

 

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