COSAS QUE ODIO DEL TRANSPORTE PÚBLICO
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COSAS QUE ODIO DEL TRANSPORTE PÚBLICO

Una de las grandes aportaciones que la CDMX ha hecho a mi vida (aparte de sus bellísimos habitantes) es la del transporte público; si algo extrañaba mientras estaba estudiando en Cholula era el metro. No sólo porque es una forma práctica y rápida de explorar la ciudad sino también porque lo considero un lugar mágico; en 10 minutos puedes pasar del son cubano a la música clásica, puedes encontrar desde plumas hasta máquinas de coser, te puedes encontrar con tus ex o compañeros de la preparatoria, gente cantando o improvisando como todos los demás. La experiencia de subir al metro siempre ha sido algo mística para mí. Otra de mis partes favoritas del transporte público es la decoración, yo no sé si a todos o si es una cuestión más de provincia pero antes el panel del conductor del microbús estaba decorada con terciopelo, velas electrónicas, imágenes de santos, flores artificiales y con frases rotuladas que iban desde lo religioso hasta lo vulgar. Hoy en día casi no hay de esos, supongo que es una cuestión de estandarización y seguridad, y aún así todavía podemos encontrar frases rotuladas fuera de los microbuses que nos indican a quién pertenece el vehículo, sus gustos o su odio al mundo en general: ¡Lloren perros!

Desgraciadamente hay cosas que hacen de la experiencia del transporte público algo menos agradable; y no, no sólo estoy hablando de las personas que te agarran la nalga en el metro o aprovechan que todos vamos apretados para arrimarte el camarón. Tampoco voy a hablar del tema del manspreading porque la verdad es que cuando tenemos mucha flojera y pantalones todos nos sentamos así, ni modo no es sólo cosa de hombres. De lo que sí voy a hablar es de esas pequeñas cosas de las que no siempre hablamos y que podemos cambiar como usuarios para hacer del transporte público un lugar mejor.

  1. ¿Qué pedo con las paradas? Una de las cosas que más me caga de ir en microbús es que la gente vaya pidiendo parada cada 10 metros. Yo sé, todos venimos cansados de trabajar o con las bolsas del mercado; sin embargo, yo no sé si lo han notado (puede que no), pero hay unas estructuras metálicas que a veces contienen publicidad y que están específicamente diseñadas para bajar y subir de los peceros. ¿Qué locura, no? Si todos nos bajamos en la parada no tendríamos que ir frenando cada 2 minutos, llegaríamos más rápido, haríamos menos tráfico y de paso podríamos hacer un poco de pierna a casa.
  2. ¿Te bajas en la que sigue? Miren, les voy a contar un secreto: no son tal delgados como creen y si se ponen frente a las puertas del metro o metrobus, estorban. Así de simple. Y a quien estorba pues ni modo, hay que preguntarle si es tan amable de dejar de estorbar y pensar un poco en los demás y ya si recibimos una negativa pues de plano empujar a la hora de salir. Pero a ver: ¿qué necesidad de llegar con la camisita toda mal acomodada al trabajo? Haz paro y quítate de la puerta.
  3. ¿Pararse o no pararse? Muchas veces en la vida nos enfrentamos con grandes decisiones, de esas que determinan qué tipo de persona vamos a ser hoy. Una de ellas es la que todos los días se presentan en el transporte público a la hora de decidir ceder un asiento. Yo no sé si estoy loca, lo alucino o si de verdad está pasando; pero desde que abrieron los famosos vagones rosas en el vagón normal todos los asientos son ocupados por hombres y nadie quiere ceder el lugar. Otra vez, yo entiendo el cansancio y la sensación de asfixia de la vida en general; sin embargo, hay que ser sensatos: ¿Ves a una persona de la tercera edad? Párate. ¿Ves a una persona con un bebé en brazos? Párate. ¿Ves a una persona con un bebé dentro de su cuerpo? Párate. ¿Ves a alguien enfermo o cansado? Párate. ¿Ves a alguien con una mochila muy pesada? Párate.
  4. ¿Me dejas pasar? Existen ocaciones en las que tanto vendedores como usuarios necesitamos desplazarnos de un lado a otro para alcanzar la salida, para liberar espacio o para tratar de conseguir ese asiento que una señora te va a quitar golpeándote con su sombrilla. Sin embargo, hay que tener tantito sentido común para saber que si el vagón está hasta su madre y aunque estés vendiendo algo maravilloso no puedo ni quiero dejarte pasar; si nadie quiso comprar en este vagón y nadie te llamó en el pasillo lo mejor es bajarte e intentar en la siguiente puerta.
  5. ¿Qué pasó con la fila? Existe el mito de que cuando una persona se forma en el área de espera y se forma una fila detrás de la misma, el orden en el que están las personas se debe respetar, claro que puedes no hacerlo y quedar como el gandallazo de la vida pero preferible no hacerlo y esperar. Eso sí, también está del culo que porque ves que ya no hay lugar para poner tus finas nalgas, te quedes estorbando en la entrada y ya no dejes pasar. Recuerda que no eres el único ser humano en el planeta y unos queremos llegar a casa ya.
  6. Una nota especial a las señoras: yo sé que están grandes y que están hartas de su marido, de sus hijos huevones, de las parejas huevonas de sus hijos huevones, de ser una señora, del patriarcado y que piensan «ojalá, pero de verdad que ojalá, me hubiera muerto de chiquita», pero no por eso tienen que golpearnos con sus grandes bolsas de mercado, con sus tuppers o sus productos de avon para comunicar que van a tomar un lugar. La verdad, señoras, es que a veces hay quienes lo necesitan más que ustedes y pues ni modo, a veces uno va cansado, en sus días, con fiebre y con una mochila que pesa una tonelada y por mucho que diga «mira qué desconsiderada señorita», no me voy a quitar del lugar.
  7. Una nota especial a las mamás: Si no sabe caminar, cárguelo. No haga que la fila de las escaleras se haga más larga porque su bebé no coordina todavía sus movimientos. Si hace berrinche, bájese del vagón para tranquilizarlo y vuelva a subir. Es más fácil tranquilizar a su bebé en la estación que entre frenones y empujones que seguramente hacen que llore todavía más.
Nury Melgarejo About the author
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